top of page

La mentira en la empresa: el coste oculto que destruye la sostenibilidad a largo plazo

  • Foto del escritor: Cristian VP
    Cristian VP
  • 17 abr
  • 7 min de lectura
Una niña tapándose los ojos
No hay más ciego que el que no quiere ver... o no puede mirar hacia adelante

El día que entendí que la mentira en la empresa nunca sale gratis


Trabajaba en una empresa al borde de la quiebra. Faltaba rumbo, faltaba dirección y, sobre todo, faltaba alguien dispuesto a tomar decisiones. La alta dirección decidió contratar a un nuevo CEO para intentar reflotar la compañía.


Era una empresa comercial y los primeros cambios llegaron al departamento de ventas, donde yo trabajaba. Mi rol era dar soporte comercial con un objetivo claro: aumentar las ventas.


Hacía tiempo que el equipo funcionaba sin incentivos reales y sin presión. El nuevo CEO marcó una línea directa para el primer año: más ventas y más margen. Y, como es habitual, se entregaron cartas de objetivos que todos firmamos. Sobre el papel, eran objetivos individuales, aunque el redactado dejaba espacio para la duda. Aun así, estábamos alineados y motivados. Queríamos ayudar a levantar la empresa.


El primer año no alcanzamos la cifra global de ventas —en mi opinión, demasiado optimista—, pero sí logramos vender con más margen y superar los resultados del año anterior. Yo habría puesto un notable al equipo, y eso que suelo ser exigente.


El canal comercial representaba el 70% de la facturación total. El resto se repartía entre el canal online, la tienda física y el departamento de proyectos. Con ese peso, y con la mejora conseguida, ¿qué más se nos podía pedir? ¿Y qué más podíamos pedir nosotros? Solo una cosa: que la empresa no nos mintiera.


Ese año nunca vimos los números oficiales. Se nos dijo que el objetivo global no se había alcanzado y, con esa frase, se cerró la conversación. No se aclaró si el objetivo era individual o colectivo. No se mostraron cifras. No se explicó nada más. Y ahí entendí algo que marcaría mi forma de ver la gestión: la mentira en la empresa no siempre se presenta como una falsedad explícita; a veces es una ausencia calculada de transparencia.


Puedo entender que, en una situación crítica, la empresa quisiera ahorrar comisiones y reducir gastos. Probablemente lo consiguió. Pero lo hizo a un precio alto: contrajo una deuda. No económica, sino humana. Una deuda que erosionó la poca confianza que quedaba en el equipo comercial.


El año siguiente fue un reflejo del anterior. Se presentaron nuevas cartas de objetivos que nadie quiso firmar. Aun así, el equipo trabajó con profesionalidad y compromiso. Mejoró la cifra y aumentó el margen. Pero ya nada era igual. La confianza se había roto. Las iniciativas dejaron de tener apoyo. Cada uno se limitó a hacer su trabajo sin más.


Poco a poco, el equipo se disolvió. La empresa aguantó un año más y después cerró.

Ese fue el momento en el que entendí, de verdad, que la mentira en la empresa nunca sale gratis. Siempre vuelve. Siempre se paga. Y casi siempre con intereses.


La mentira en la empresa: un mecanismo de supervivencia que destruye a largo plazo


Me dio pena realmente. Sin embargo, ese día aprendí que la mentira destruye la sostenibilidad a largo plazo. La urgencia y las decisiones basadas solo en números suelen justificar silencios, omisiones y medias verdades. Pero lo que no se mide en ninguna hoja de Excel es el impacto humano que dejan atrás.


La mentira en la empresa casi nunca aparece como una gran falsedad. Se presenta como un ajuste, un “esto no toca ahora”, un “ya lo explicaremos más adelante”. Es un mecanismo de supervivencia a corto plazo. Una forma de ganar tiempo cuando no se sabe cómo afrontar un problema real. Pero ese tiempo siempre se paga. Y normalmente lo paga la gente que sostiene la empresa día a día.


Con los años entendí que la mentira funciona como un parche. Cubre una grieta, pero no la repara. Evita conversaciones incómodas, retrasa decisiones necesarias y genera una falsa sensación de control. Mientras tanto, la grieta sigue creciendo por debajo, invisible para quien toma decisiones, pero evidente para quien trabaja sobre el terreno.


El coste real no aparece en la cuenta de resultados. Aparece en la cultura. En la confianza que se erosiona. En la motivación que se apaga. En los equipos que empiezan a trabajar con distancia, con cautela, con la sensación de que cualquier esfuerzo puede ser ignorado o reinterpretado según convenga. Aparece también en la operativa: decisiones basadas en información incompleta, ruido interno, rumores, versiones distintas de una misma realidad. Todo eso desgasta más que cualquier cifra negativa.


Ese es el verdadero precio: la pérdida de credibilidad. Y cuando una empresa pierde credibilidad, pierde su capacidad de sostener relaciones, procesos y talento. La mentira es un residuo tóxico. Se acumula. Contamina. Y termina afectando a todo lo que toca.


Por eso digo que la mentira destruye la sostenibilidad. Porque una organización que miente no puede sostener nada: ni su cultura, ni su gente, ni su futuro. Puede sobrevivir un tiempo, sí. Pero no puede avanzar. Y mucho menos crecer.


Transparencia y sostenibilidad: dos caras de la misma moneda


La transparencia no es un gesto de buena voluntad, sino una herramienta que sostiene el funcionamiento real de una empresa. Cuando un equipo entiende por qué se toman ciertas decisiones, trabaja con más criterio, más autonomía y menos desgaste. La sostenibilidad organizacional empieza ahí: en la claridad que permite avanzar sin tener que adivinar nada.


La falta de transparencia, en cambio, obliga a la gente a trabajar con hipótesis. Y cuando un equipo opera desde la suposición, pierde precisión. No sabe si está alineado, si está priorizando bien o si sus esfuerzos encajan con la dirección real de la empresa. Esa incertidumbre no genera conflicto inmediato, pero sí una erosión lenta que afecta al rendimiento y a la cohesión.


Para mí, la transparencia operativa se sostiene en tres elementos muy simples:


  1. Explicar el contexto antes de pedir resultados.

  2. Compartir la información necesaria para que el equipo pueda actuar.

  3. Mantener coherencia entre lo que se comunica y lo que se hace.


No se trata de contarlo todo, sino de contar lo que permite trabajar con claridad. Cuando estos tres elementos están presentes, la organización gana estabilidad. Cuando faltan, aparece la sensación de que cada uno va por su cuenta, aunque nadie lo diga en voz alta.


La sostenibilidad no es solo un concepto ligado al medio ambiente o a los informes ESG. También es la capacidad de una empresa para mantener relaciones sanas, procesos estables y decisiones comprensibles.


Una empresa que comunica con claridad puede equivocarse, pero puede corregir. Una empresa que no lo hace, se queda sin margen de maniobra porque pierde la confianza de quienes la sostienen.


De ahí la idea de que la transparencia y la sostenibilidad van juntas. No porque suene bien, sino porque sin claridad no hay continuidad posible. Un equipo puede soportar la presión, la incertidumbre o incluso los errores. Lo que no soporta es trabajar a ciegas y sin confianza.


Qué debe saber un equipo: la verdad que permite trabajar


Un equipo no necesita grandes discursos ni información exhaustiva. Lo que realmente necesita es claridad. Saber qué se espera de él, hacia dónde se dirige la empresa y por qué se toman ciertas decisiones. Cuando esa información llega de forma honesta y a tiempo, el trabajo se vuelve más sencillo y la relación entre personas más estable. Aunque creo que nuestro caso, también había un poco de falta de dirección. Faltaba conocer el bagaje y quién sostenía realmente el día a día la empresa.


La claridad no es transparencia absoluta. Es orientación. Es dar el contexto suficiente para que cada persona pueda tomar decisiones sin miedo a equivocarse. Cuando un equipo entiende el porqué de las cosas, no necesita instrucciones constantes. Puede priorizar, anticiparse y asumir responsabilidad sin sentirse expuesto.


Lo contrario también es cierto. Cuando la información llega tarde, incompleta o distorsionada, el equipo empieza a trabajar a ciegas. No sabe si está alineado, si está dedicando esfuerzos en la dirección correcta o si lo que hace tiene sentido para la empresa. Esa duda no genera conflicto inmediato, pero sí una especie de fricción silenciosa que desgasta más que cualquier carga de trabajo.


La verdad que un equipo necesita no es espectacular. Es simple: saber qué está pasando y qué se espera de él. Esa claridad genera confianza. Y la confianza genera autonomía. Cuando eso ocurre, la empresa gana algo que no se puede imponer por decreto: un equipo que actúa con criterio propio.


Por eso creo que la información que se comparte no debe ser un gesto de transparencia, sino una herramienta de trabajo. La claridad no es un detalle; es la base que permite que un equipo funcione sin depender de interpretaciones, rumores o intuiciones. Es lo que convierte un grupo de personas en un equipo que avanza en la misma dirección.


Conclusión: la mentira es insostenible, la claridad es eficiencia


La experiencia que viví en aquella empresa me enseñó algo que con el tiempo he visto repetirse en muchos otros contextos: una organización puede soportar la presión, la incertidumbre o incluso un mal año, pero no puede soportar la pérdida de confianza. Cuando la información se oculta o se distorsiona, el equipo deja de entender qué está pasando y, poco a poco, deja también de creer en lo que hace.


La mentira no suele aparecer como un gran engaño. Se manifiesta en silencios, en decisiones poco explicadas, en objetivos que cambian sin motivo aparente. Al principio parece una forma de ganar tiempo, de evitar tensiones o de proteger a la empresa en momentos difíciles. Pero ese tiempo siempre se paga. Lo que se pierde no son cifras, sino algo mucho más difícil de recuperar: la credibilidad.


La claridad, en cambio, no exige grandes discursos. Exige coherencia. Explicar lo necesario para que la gente pueda trabajar con criterio. Dar contexto antes de pedir resultados. Reconocer lo que no funciona antes de que el equipo lo descubra por su cuenta. Esa forma de comunicar no elimina los problemas, pero permite enfrentarlos sin generar más.


Una empresa que comunica con honestidad puede equivocarse, pero puede corregir. Una empresa que oculta información se queda sin margen de maniobra porque rompe el vínculo que sostiene cualquier proyecto colectivo: la confianza. Y cuando ese vínculo se rompe, el talento se desconecta, la cultura se debilita y la organización empieza a perder su capacidad de avanzar.


Por eso creo que la mentira es insostenible. No porque sea inmoral, sino porque es ineficiente. Porque genera fricción, desgaste y distancia. La claridad, en cambio, es una forma de eficiencia: reduce ruido, alinea esfuerzos y permite que un equipo actúe con autonomía y sentido.


Al final, todo se resume en algo muy simple: una empresa que dice la verdad que importa construye futuro. Una que no lo hace, genera una deuda sin darse cuenta.

Comentarios


¡Gracias por leerme!

En medio del ajetreo diario, aprecio que elijas dedicar un momento a mis palabras. Es un placer compartir este espacio contigo.

Cristian Vargas

 

© 2035 by Cristian Vargas.

bottom of page